::::: SITIO CREADO EN SAN CARLOS, MALDONADO- URUGUAY, EL 26 DE JUNIO DE 2006 :::::
 
 
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  PROFA. NILA MENDOZA DE HOPKINS Y ALGUNOS DE SUS TRABAJOS.  
 


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ANUNCIA NUEVAS COLABORACIONES...

DATOS DE LA AUTORA:

NILA MENDOZA DE HOPKINS nació en Maracaibo, Venezuela. Profesora de la Universidad del Zulia, Maracaibo, Venezuela. Obtuvo su maestría en Lingüística Aplicada en la Universidad de Lancaster, Inglaterra.

Profesora invitada para dictar la cátedra Metodología en la Enseñanza de Idiomas con Propósitos Específicos en la Universidad de Concordia, en Canadá. Conferencista y panelista invitada a la Universidad de Puerto Rico en el I Congreso Bilateralidad Cerebral e inteligencias Múltiples.

Invitada especial como panelista y conferencista sobre las estrategias de aprendizaje, en Cuba, en 1995. Ha publicado algunos cuentos; varios artículos y dos libros a nivel nacional e internacional relacionados con Estrategias de Aprendizaje y la Enseñanza de Idiomas.

Ganadora del 1er. Concurso de libro texto auspiciado por el Vicerrectorado Académico de la Universidad del Zulia (LUZ), en Venezuela. Actualmente, imparte la Cátedra Competencia Comunicativa en Lengua Escrita del Español, como profesora invitada en La Universidad Católica Cecilio Acosta (UNICA). e-mail: nilamendoza@gmail.com 

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En la foto, junto a su hijo.


En la foto,su esposo e hijo.

 ATISBANDO TU BARCO

La tarde de aquel sábado vi tu barco anclado en el puerto donde siempre te he esperado. Mi corazón rebosante de alegría necesitaba verte, aunque fuera por un instante. Corrí, corrí como una loca con la ilusión de encontrarte. Sabía que sólo era una esperanza, porque mi corazón que latía, como queriendo salirse de mi pecho, me gritaba al oído:

- Se ha marchado.

Sin embargo, nada me detuvo a abordarlo. Entré sigilosamente, y en efecto, no estabas, pero mis sentidos percibieron tu esencia como si estuvieras allí con todo tu ser contemplándome. Sentí tu mirada seguirme, como si ella formara parte de una gran pintura y se saliera de ésta para posarse serena y grácil en mi cuerpo en movimiento.

Esa mirada penetrante y a veces hasta retadora, tan tuya, que me asustó la primera vez que te vi, pero que luego aprendí a amarla como aprendí a amar todo lo que tú eres. ¡Ay tus ojos! ¡Cómo añoro tus ojos! Negros como la misma noche, profundos como los mares navegados por ti, brillantes como luna llena, y transparentes como el cristal, donde yo puedo leer tus pensamientos sin necesidad de que pronuncies palabra.

Entré a tu camarote, como si con ello pudiera conectar tu esencia con la mía y saciar mi alma sedienta de tu presencia. Me senté en tu cama y me recosté en ella queriendo sentir en las sábanas tu olor donde tantas noches has dormido.

Abracé tu almohada como si fuera tu cuerpo e imaginé el placer que sentirías si fuera mi cuerpo el que abrazaras. Mis dedos acariciaron una camisa de seda tan suave como tu piel, sabía que era tuya, la olí y ésta estaba impregnada con ese aroma masculino que reconozco de tu cuerpo que he tocado, a placer, tantas veces con mis manos.

Salí de tu camarote y fui directo hasta la proa, sentí la brisa que soplaba en mi rostro y estuve parada allí no sé cuánto. La noche se hizo presente con su cielo cubierto de estrellas; había un lucero en el firmamento que en mi mente y en mi corazón fue formando tu alma, levanté mi mano queriendo tocarlo, pero por estar tan lejos lo que logré fue reafirmar tu ausencia. La brisa se tornó más fría a medida que oscurecía, y mi alma comenzó a enfriarse junto con la noche, ya que presentía que nunca más te volvería a ver.

Mirando a la lejanía donde lo único que existe es el infinito, quise enviarte un mensaje, para decirte que tu recuerdo sería imborrable, que nunca fuiste una ilusión, sino un libro abierto que contenía poesía cuyos versos brotaban como el agua de los manantiales y nutrían mi esencia necesitada de ti.

Quise decirte en ese mensaje que sin importar cuántos amaneceres y ocasos se dibujaran en el horizonte, mi corazón y mi alma estarían siempre en el puerto tratando de atisbar tu barco, y que escucharía la pieza de Vivaldi, “Il Cardellino”, que siempre mece el compás de mis pasos, me llena de ilusión y entibia mi esperanza.

Las flautas y las cuerdas cuando suenan los Allegro del primer y el tercer movimiento me hacen sentirte en mi recuerdo, tomado de mi mano, en la proa de tu barco, mirando al horizonte, escuchando la variedad de sonoridades y el perfecto equilibrio entre los violines, las violas, los violoncelos y las flautas de ese concierto de incomparable belleza.

La serena hermosura de esos movimientos musicales hace un juego colorístico en el intercambio que se produce entre el latir de mi corazón y los trinos de la flauta y los violines, por la emoción que me produce cuando trato de atisbar... Ahora, escucho los instrumentos, al unísono, que acompañan el dialogo apasionado que danza en mi mente, antes de nuestro encuentro.

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EL PUEBLO DE LAS ROSAS BLANCAS

A Selma Di Lisio, la fiel y gran amiga, que conocí en mis andanzas por el mundo.


Había una vez un pueblito muy pobre donde vivían muy pocos habitantes. Las casas que existían eran chozas de tablas desechas, envejecidas por el sol y la humedad. Aquéllas no tenían el color característico de la madera bien cuidada, sino que parecían más bien pedazos de tablas abandonadas en cualquier parte, y que las personas de ese pueblo recogían para hacer sus casas. Éstas estaban a muchos metros de distancia entre ellas, y para cualquier extraño que llegara al pueblo, era difícil saber cuántas había, sólo se sabía que había muy pocas.

Todas las casas tenían jardines muy hermosos que contrastaban con la fealdad de aquéllas. En los jardines había, única y exclusivamente, rosas blancas, sin que nadie supiera a qué obedecía esa característica.

En ese pueblito vivían dos hermanas que se llamaban Sol y Luna. Sol era blanca, alta y con el cabello color miel. Su hermana, Luna, también era blanca y alta, pero su cabello era negro como la noche. Ambas eran muy hermosas y muy unidas, y casi siempre se les veía juntas caminando por las calles de aquel pueblito tan solitario.

En la entrada de la casa de Sol y su hermana Luna había una pérgola hecha de la misma madera con la cual estaban construidas las casas del pueblo, pero desde la parte superior de ésta colgaban rosales de color blanco. Si uno se detenía a detallar, bien, la disposición de aquellas rosas, parecían velos bordados de novias, que éstas lucían orgullosamente en sus cabelleras. Las hojas de estos rosales también eran más verdes y brillantes que las hojas de las otras rosas que había en el pueblo.

Un día, llegaron dos hombres, muy elegantes, quienes bajaron de un carruaje halado por caballos que eran, quizás, más elegantes que los mismos caballeros. Estos lucían la vestimenta clásica de los nobles de los cuentos y tenían los mismos ademanes que tiene la nobleza en las historias de hadas.

Aquellos dos hombres, que parecían unos príncipes, caminaron las calles de tierra de aquel pueblo y contemplaban extrañados los rosales blancos. Fruncían el entrecejo interrogantes, quizás se hacían la misma pregunta que todos:
- ¿Por qué sería que los rosales eran blancos y no de otro color?

En el momento cuando los dos caballeros caminaban por las calles solitarias de aquel pueblo, cuyos rosales eran únicos en el mundo, pasaron frente a ellos las hermanas Sol y Luna. Los caballeros saludaron con una reverencia digna de un noble y siguieron su camino, no sin antes fijarse en la hermosura de aquellas dos jóvenes.
Pasaron varios días, y los dos hombres iban haciendo amistad con los lugareños del pueblo. En las tardes, se reunían con los habitantes de aquel pueblito. Nunca se supo de qué hablaban, pero lo hacían largamente.

Sol y Luna empezaron a hacerse amigas íntimas de aquellos señores hasta que se enamoraron. Luna era muy cautelosa con aquel romance, mientras que Sol se entregó por completo a uno de los caballeros desconocidos.

Sol se embarazó de su amado. Cuando el hombre supo que Sol esperaba un hijo, dijo que debía regresar a su ciudad para pedir la autorización de sus padres para casarse con ella, ya que siendo noble de cuna, debía tener el consentimiento de éstos. El otro caballero, el enamorado de Luna, se quedó; tampoco dijo por qué él no necesitaba pedir autorización para casarse con Luna, a pesar de que, también, era noble.

Cuando el enamorado de Sol se marchó, ella, Luna y todos los habitantes del pueblo lloraron. Sol lloraba por su soledad, Luna y los demás porque presentían que aquel caballero no iba a regresar jamás.

El caballero que estaba enamorado de Sol, salió raudo y veloz; se internó en el bosque como huyendo despavorido de la situación que debía enfrentar. A mitad del camino, un rayo de luz que venía de alguna parte del bosque lo detuvo. Asustado preguntó:

-¿Qué pasa?

De pronto, de la luz brillante, salió un Mago con una majestad digna de un ser superior y único, y le dijo:

-¿Huyes, verdad? ¡Qué poco noble eres!

Luego, levantando su capa de Mago, agregó:

- ¡Quedarás atrapado en unas redes de telas de arañas, hasta que de tus labios salga la palabra: hijo!

Diciendo esto, se marchó, y el caballero quedó colgando en una jaula de telas de arañas en el medio del bosque. Su cara se fue transformando y llegó a convertirse en un ser muy feo. La gente que pasaba por allí, no sabía que era el mismo hombre que había prometido a Sol regresar con la autorización para casarse con ella. Se asustaban al verlo por su fealdad. Todos corrían tan despavoridos de él, como lo hizo él ante su responsabilidad.

Pasaron varios meses, y el caballero seguía encerrado en la jaula colgando de un árbol. Nadie sabía de qué se alimentaba, pero seguía allí: cada vez más feo.
El hombre empezó a desesperarse y comenzó a gritar:

-¡Hijo! ¡Hijo!

Sin embargo, no se producía ningún cambio: seguía encerrado en la jaula, y se hacía cada vez más horrible.

Pasaron los meses y los rosales blancos del pueblo se empezaron a marchitar hasta que se secaron. Sol tuvo un hijo precioso. La cara del bebé recordaba el rostro de aquel noble tan elegante que la había abandonado, pero ya todos daban por sentado que ese caballero no iba a regresar. Luna, por su parte, se había casado con su enamorado. Después de cinco años, ya nadie recordaba al monstruo que colgaba del árbol en medio del bosque.

Un día, el hijo de Sol se escapó de su casa, y se fue al bosque donde estaba su padre. Cuando llegó cerca de la jaula, vio a aquel hombre horrible que se desmoronaba con el tiempo. Se paró frente a ella y observó al monstruo. En ese momento, éste se volteó y mirando al niño, exclamó:

- ¡Hijo! ¡Hijo! ¿Eres tú?

El niño, que no sabía lo que pasaba, metió el dedito índice de su mano derecha entre las telas de arañas de la jaula, y la fue abriendo lentamente. El monstruo salió de su jaula. Abrazando al niño, lloró. A medida que iba llorando, su rostro volvió a adquirir la hermosura y la elegancia que tenía cuando abandonó a Sol. En ese momento, se apareció el mismo Mago que lo había encerrado en la jaula. El Mago, levantando de nuevo su capa, le dijo:

- Sólo necesitabas decir la palabra “hijo” desde el fondo de tu corazón.
El Mago volvió a desaparecer. El hombre regresó al pueblo con su hijo. La noticia del regreso del caballero corrió como pólvora entre los habitantes del pueblo. La alegría era unánime. A medida que la gente reía, los rosales empezaron a retoñar. A los días, el pueblo estaba, otra vez, lleno de rosas blancas. Todo el mundo supo la respuesta a su pregunta del porqué de aquellas rosas únicas: éstas representaban la felicidad de aquel pueblito pobre, que sólo necesitaba de su alegría para ser feliz.

Nunca se supo si Sol y el caballero se casaron, pero suponemos que así fue, para que todos estemos contentos.
 

PROF. NILA MENDOZA DE HOPKINS

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"HASTA EN SUS SUEÑOS"

Desde muy niña, Rossana tuvo que batallar con lo que para ella significó el desorden material y psicológico de todo su núcleo familiar: la casa materna siempre desorganizada, los pisos de cemento pulido del recibo y del comedor, eternamente llenos de aquella arena que se metía por las puertas de la vivienda y que provenía del gran patio trasero que era el orgullo de su padre. Las aves domesticas defecando a diestra y siniestra por cualquier rincón del hogar, ya que ningún miembro de la familia, excepto Rossana, cerraba las puertas de estambre que habían sido construidas para evitar, precisamente, el paso de esos animales y de los mosquitos dentro de la residencia. Aunado a ello, los hermanos de Rossana parecían no saber que en la vida de cada quien, debería existir un norte para poder llevar con cierta soltura la existencia que a cada uno le tocaba vivir.

Ese desasosiego que Rossana experimentaba por el desbarajuste de su familia, la persiguió hasta en sus sueños, ya que sus pesadillas más vívidas estaban relacionadas con el marasmo existencial que para ella significó toda la vida, esa anarquía familiar, que a ella le parecía hasta innatural.

Cuando Rossana se hizo mayor, pudo, por fin, salir de ese entorno que para ella era el desequilibrio total. Se fue a vivir sola a una gran casa que estaba en las afueras de la ciudad. La mansión estaba rodeada de unas lagunas naturales, y en el centro de éstas había varias fuentes adornadas con unas grandes luces de colores. Del centro de cada fuente, brotaban unos chorros de agua en forma de ramitas de árboles. Los chorros, por el efecto de las luces, se visualizaban multicolores.

Contemplando el espectáculo de las luces y el agua, que a ratos parecía casi surrealista, Rossana exclamó:

- Por fin, por fin tengo paz.

Un día, Rossana salió a caminar, como era su costumbre, por las sendas que rodeaban las lagunas. Entonces, se percató de que de éstas emanaban un olor nauseabundo que se estaba originado a causa de unas plantas acuáticas que las estaban invadiendo. Extrañada por el acontecimiento, decidió no seguir con su caminata y regresó a su residencia pensando que, a lo mejor, ese hedor era pasajero.

A la mañana siguiente, Rossana volvió a salir a caminar. A penas había dado unos pasos cuando las emanaciones que provenían de las lagunas casi la hacen vomitar. Llevándose las manos al rostros, trató de cubrir su nariz para impedir que el aquel tufo asqueroso la siguiera perturbando en la forma como lo hacía. Corrió y corrió todo lo que sus piernas le permitían, pero el hedor tan repugnante era superior a su capacidad de resistencia, y ella sentía cómo esa putrefacción la penetraba hasta en los huesos. Entró a su casa, pero el olor era insoportable. Éste se colaba por los tejados de la casa, por las ventas que, aun estando cerradas, eran penetradas por aquél. El hedor se apoderaba de su cuerpo y se introducía en su torrente sanguíneo a través de los poros de su piel, de sus oídos, de sus ojos, hasta que llegó a apoderarse de su ser.

Rossana comenzó a llorar. De su pecho salían unos gemidos tan desgarradores como sólo salen del alma de un niño cuando éste es maltratado. Lloró durante un buen rato. Mientras lo hacía, se preguntaba qué había hecho ella para merecerse un castigo como ése. Mientras lloraba, recordó los pisos de su casa materna llenos de arena y de desechos fecales producidos por las aves, rememoró su desespero por mantenerlos siempre limpios y pulidos. Visualizó que en sus peores pesadillas, ella trataba de barrer y barrer aquellos pisos y nunca podía terminar de limpiarlos. Evocó el desorden de vida que sus hermanos llevaban. Cuando dibujó en su mente esto último, brotó de su pecho el llanto más desgarrador que ser alguno haya podido presenciar o sentir.

En ese momento, despertó y recordó la pesadilla que recién había tenido. Cuando comparó el olor tan repulsivo del sueño que acababa de tener con la arena de los pisos de su casa materna, con el sucio provocado por el excremento de las aves que se metían en su hogar familiar y con el desorden de vida de sus hermanos, sintió un alivio muy grande y le dio gracias a Dios, porque entre tener que coexistir con aquel hedor tan nauseabundo o con el perpetuo estado alterado de la realidad de su entorno familiar, ella había entendido que había sido afortunada.

PROF. NILA MENDOZA DE HOPKINS
 

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ÉRASE UNA VEZ, UNA MUJER

Eran las seis de la mañana; quizás muy claro y despejado para la hora.  Parecía que al sol le habían cambiado las baterías.  Se avizoraba  un día picante y ardiente como aquél que Natalia odiaba porque le manchaba la piel que ella con tanto esfuerzo y esmero había cuidado durante toda su vida.

Natalia contempló su rostro en el espejo de la sala, mientras sorbía algo  de una taza humeante que sostenía con su mano derecha.  Era su té mañanero que ella siempre bebía a esa hora y que la llenaba de energías para comenzar su día.

  Natalia vio salir a su hijo y le preguntó  a dónde iba.  Él contestó como Natalia estaba acostumbrada a que le respondiera, desde hace ya varios años:

- Voy a salir – dijo - como si Natalia fuera ciega y no hubiera visto que, en efecto, salía.

 - Uhmm – añadió Natalia – resignada, ante tanta falta de cortesía de aquel hijo que ella sabía  educado, pero que no le daba la gana de responderle cortésmente.

Le pareció que era muy temprano para que su hijo saliera, máxime cuando su hora de trabajo no era todavía,  pero tampoco  dijo nada más, por temor a recibir otra respuesta similar.

Natalia decidió, en ese instante, ir a visitar a su amiga Blanca, porque necesitaba preguntarle cómo funcionaba un teléfono celular nuevo que habían comprado juntas, pero que no lograba hacer funcionar.

Se cambió de ropa lentamente, como le gustaba actuar en las mañanas, porque según ella, era el único momento del día cuando podía hacer las cosas de esa manera.  Una vez vestida, se miró al espejo y se dijo a sí misma:

-  ¡Qué bien me veo!

- ¡Cada vez me veo más joven! – Y se reía, en silencio, para sus adentros.

Natalia era así: si se creía que estaba bonita, lo decía en voz alta, sin importarle quién la oyera; y si se veía fea, también lo decía, sin ningún tipo de prejuicios.  Salió despacio de su habitación, se encaminó hacía el garaje de su casa donde estacionaba su carro lujoso, tal como a ella le gustaban los carros:

- Bien llamativos, para que sus vecinas se murieran de la envidia.

Natalia recorrió los kilómetros que la separaban de la casa de Blanca, lentamente, todavía era de mañana, y en las mañanas, ella actuaba siempre con el mismo ritual de lentitud.    Durante el recorrido, miraba las flores que empezaban a brotar de los jardines de las casas por donde pasaba.

- Ya llegó la primavera – se dijo – como si en su país se diera el cambio de estaciones que ella había visto en sus frecuentes viajes a mundos lejanos.

 A Natalia le encantaba pensar que estaba en un país de varias estaciones porque decía que el alma de las personas cambiaba con las estaciones.

Al cabo de más o menos media hora y después de un largo recorrido, llegó a la casa de su amiga Blanca, bajó de su carro,   se encaminó a la puerta de la casa de su amiga, y justo en el momento cuando iba a tocar el timbre para anunciar su llegada, salieron Blanca y el hijo de Natalia.

Natalia retrocedió asustada y sorprendida.  No quería que ellos la vieran y pensaran que había seguido al hijo hasta la casa de su amiga. 

- Ni siquiera sospechaba que mi hijo tuviera un “affair” con Blanca – pensó.

 Los dos portones, el del garaje y el de la entrada principal, se abrieron simultáneamente.  Natalia entró al jardín de la casa,  por reflejo.  Una vez dentro, ambas puertas se cerraron automáticamente, y ella se quedó encerrada en el jardín y no podía salir, ya que estaban cerradas.

Natalia no hallaba qué hacer: no quería llamar ni a su hijo, ni a su amiga porque no deseaba que supieran que ella los había visto.  Se decía:

- Total, ¡a mí qué me importa lo que ellos hagan, bien grandecitos que son ambos!

Tampoco, le gustaba la idea de quedarse sentada ahí, hasta que alguien entrara a la casa, porque igual se iban a preguntar qué hacía ella encerrada en el jardín.

Se sentó y empezó a pensar cómo salía de aquel rollo en el cual estaba.  De pronto, miró la puerta de la casa y se dio cuenta de que  estaba mal cerrada.  Se encaminó hasta ella, la abrió y entró con la esperanza de conseguir la llave de los portones para irse cuanto antes de allí.  

Fue hasta la habitación de Blanca y buscó en la gaveta donde ella sabía que ésta guardaba sus llaves.  Se sentó en la cama, y en ese momento, se dio cuenta de que alguien estaba durmiendo en ella.  La habitación estaba media obscura, ya que aún las cortinas estaban cerradas.  Caminó despacito, a ver si podía ver la cara de la persona que estaba ahí, y casi pega un grito cuando vio que era el esposo de Blanca quien estaba en aquélla.  Dijo mentalmente:

- ¡No respeta, ni al esposo!

Salió, casi corriendo, de aquella habitación y se dirigió a la recámara de huéspedes, donde quizás pudiera encontrar una copia de la llave que buscaba y pudiera largarse de ese sitio cuanto antes.

Cuando Natalia entró a la habitación de huéspedes, notó que había alguien más durmiendo en ésta.  Sus ojos se desorbitaron cuando se dio cuenta de que era otra persona joven que estaba en ella; su mente pensaba con toda la rapidez que podía:

- Definitivamente, Blanca se volvió loca.  No le basta acostarse con mi hijo, sino que tiene un substituto.  Y eso que el marido está en la otra habitación.

- ¡Qué zorra! – pensó furiosa.  ¿Quién lo hubiera creído? – repetía molesta.

 El joven que dormía en esa cama se despertó de un salto y agarró a Natalia por los brazos, forcejeó con ella preguntándole quién era.

El muchacho le preguntaba a Natalia quién era, y a la vez no la dejaba hablar, porque le apretaba tanto el cuello que casi la ahogaba.  Finalmente, el hombre se percató de que estaba ahogando a Natalia y le aflojó un poco el cuello.  Natalia, con los ojos como dos huevos fritos, lo miraba y le decía:

-¡Soy Natalia!  ¡Soy Natalia, la amiga de Blanca!

- ¿Y qué hace usted en mi habitación? – La increpaba el mozo – casi tan desesperado como Natalia.

- Busco una llave, para abrir el portón y poderme ir de este maldito lugar- decía Natalia – casi a gritos.

- Pero… ¿Qué quiere? ¿Qué hace usted en esta casa? – Preguntaba el joven, todo asustado.

- Vine a preguntarle a Natalia cómo hacia funcionar mi teléfono nuevo.

Finalmente, Natalia pudo zafarse de las manos de aquel hombre, y agarrando su cartera, le cayó a carterazo.  Éste, asustado por la reacción tan inesperada de Natalia, se agazapó entre la cama y la mesa de noche y empezó a gritar:

- Pero entienda, ¡yo no sé quién es usted!; y… ¿si me está mintiendo?

Natalia, como enloquecida, seguía golpeando al joven con su cartera, hasta que ésta se abrió por los golpes, y toda las cosas que habían dentro de ella se desparramaron por el suelo.  El mozo, aún más asustado, se metió debajo de la cama, pero como era tan alto – medía como 1.90 centímetros – se le salían los pies.  Natalia - como una fiera - quería seguir golpeando al hombre, pero como no lo podía hacer porque éste estaba debajo de la cama, agarró uno de los bolígrafos  que había caído al suelo cuando su cartera se abrió,  y empezó a puyar, con éste, los pies del  joven, mientras le gritaba:

- ¡Descarado!  ¡Descarado!  ¿Pero es que no respetas que el esposo de Blanca está en la otra habitación durmiendo?

El mozo, tratando de esconder los pies, lo cual no podía hacer porque el espacio que separaba el suelo de la cama era muy reducido, y por más que trataba de encoger las piernas, no podía, replicaba:

- Pero… ¿Por qué me llama descarado, si ella fue la que me invitó?

Cuando Natalia escuchó esto, se encolerizó aún más, y seguía hundiendo la punta del bolígrafo en los pies del muchacho, mientras añadía:

- Mira, sinvergüenza,  ¿ahora vas a responsabilizar a Blanca de todo esto, como si tú y mi hijo no tuvieran parte de la culpa de lo que  está pasando?

El joven gritaba:

-Pero… ¿qué dice? ¡Yo no he hecho nada con su hijo! Ni siquiera sé quién es su hijo.   Señora,  ¿qué es lo que le está pasando?

Natalia, como si hubiera perdido la razón, contestó:

- El colmo sería que también hubieras fregado a mi hijo.  ¡Insolente!.  Mira, ni si te ocurra acercarte a él,  porque ahí sí es verdad que no respondo de mi.  Mantente bien lejos de él.  ¿Me oíste?  ¡Descarado!

El mozo casi con un gemido, agregó:

- Pero… ¿por qué me llama descarado?  Yo lo que vine fue a acompañarla a ella que está siempre muy sola, y como yo también necesitaba espacio porque no puedo quedarme con mi familia, acepté la invitación.

Al escuchar aquello, Natalia le puyó más fuerte los pies al joven y añadió:

-Ustedes los hombres, cuando no necesitan espacio, necesitan tiempo. ¡Siempre es la misma historia!

Mientras decía esto, a Natalia le pasaba por la mente el nombre de todas las mujeres que ella conocía, cuyos matrimonios habían sido desbaratados por aprovechadores como aquel joven que estaba debajo de la cama y por qué no admitirlo pensó, con cierta impotencia:

- ¡Hasta mi hijo es un sinvergüenza! ¡Y qué acostarse con Blanca!

El hombre seguía gimiendo, suplicando que le soltara los pies, en los cuales Natalia descargaba toda su ira, como si con aquel acto, vengara a todas las mujeres que habían sido destruidas por hombres como éste.  Luego, iracunda, exclamó:

- ¡Apuesto a qué hasta casado eres! 

- Si señora, y tengo una niña recién nacida y por eso necesito espacio – decía el hombre, como esperando tocar el corazón de Natalia para que le soltara los pies que ésta apretaba cada vez más, con toda la rabia de la cual era capaz.

Al oír aquellas palabras, Natalia arremetió, aún más, contra el hombre y decía:

- ¡Claro, por eso es que necesitas espacio, porque ni siquiera quieres enfrentar tu responsabilidad de padre! Pero… ¡si tienes espacio para dedicarte a destruir hogares, y hasta para acostarte con hombres!   Mira, y te lo vuelvo a repetir: ¡Ni se te ocurra acercarte a mi hijo! ¡Porque hasta te mando a matar!

El joven, casi sin aliento, dijo:

- ¡Señora, señora, pero no es lo que parece! ¡Yo no soy ningún homosexual!

Natalia, más furiosa todavía, le contestó:

- ¡Ah!  ¡Ahora no es lo que parece!   ¡Ni siquiera original eres, mijito! Repites lo mismo que dicen todos los hombres desde hace siglos.  ¡Y claro que no eres homosexual! porque los verdaderos homosexuales, lo admiten sin tanto rollo.  ¿Sabes lo que eres tú?  Un “mariquito”. -  Dicho eso, Natalia bajó su cabeza hasta el suelo y empezó a cantarle:

- ¡Mariquito!   ¡Mariquito!  ¡Maricón! – al mismo tiempo, alcanzó un marcador con tinta indeleble que también había caído al suelo cuando se desparramaron sus cosas de la cartera, y con más furia que antes,  pintó en los pies del joven figuras de muñequitas, estrellitas, florcitas, al tiempo que le gritaba:

-¡Vamos a ver qué le vas a decir a tu esposa cuando te vea los pies pintados porque esos dibujos te van a durar como unos tres días, bandido!

Finalmente, Natalia soltó al joven, y éste salió de debajo de la cama como pudo.

Natalia, furiosa, se alisó  su ropa que había sido arrugada por el forcejeo mantenido con y contra el joven, salió de la habitación y se dirigió a la cocina.  Ya no le importaba si su amiga se daba cuenta de que había descubierto sus andanzas, ni si el hijo pensaba que  ella lo había seguido hasta la casa de su amiga.

-¡Vagabunda!  ¡Ojalá y el esposo le descubra su vagabundería! – se decía a sí misma.

Se sentó, pensativa, en una de las sillas que estaba cerca de la mesa de granito que usaban para desayunarse.  El joven venía detrás de ella, todo cauteloso.  Su cara, aún, denotaba desconfianza e inseguridad.  Sin embargo, le ofreció un café a Natalia.  Ella aceptó, mientras lo miraba con desprecio.

- Éste debe ser un chulito – pensaba.  Ni siquiera tiene cara de que trabaja. ¡El muy sinvergüenza! – se decía.  ¡Hasta un café me ofrece!  ¡Qué podredumbre!

El joven preparó el café y le sirvió una taza pequeña a Natalia; ésta empezó a tomársela, pensativamente.  No podía sacar de su mente el hecho de que su propio hijo también estaba contribuyendo a acabar con aquel matrimonio que ella pensaba que estaba bien cimentado, pero que, por lo visto, no era así, y se decía:

- ¡Pero Blanca se volvió loca, no lo hace con uno, sino con dos!

 Cuando terminó de tomarse su café, quiso servirse otra taza más, pero empezó a darse cuenta de que la cafetera donde estaba el café, preparado por el joven, pesaba más de lo normal.  Pesaba tanto, como si estuviera hecha del mismo granito de la mesa donde aquélla estaba colocada.  Notó que era más grande de lo normal, que era tan pesada que no la podía levantar.  Miró al joven y trató de pedirle ayuda para servirse otra taza de café, pero éste sólo la miraba.  Su mirada denotaba expectativa.

Un rato después, Natalia  abrió los ojos y vio frente a ella a su hijo, a Blanca, al esposo de ésta y al joven con quien había forcejeado.  Ella no entendía qué hacían ellos allí mirándola, y preguntó:

- ¿Qué pasa?  ¿Cómo que me quedé dormida?

Blanca, observándola toda sorprendida, preguntó:

- Pero Natalia, ¿Qué hacías tu metida en mi casa a esta hora? ¿Te pasó algo?

Natalia, no hallaba qué decir, ni cómo decirlo.  No quería que el esposo de Blanca se enterara  de que su esposa tenía un “affair” con su hijo y con el otro joven que estaba escondido en la otra habitación; y contestó:

-Vine a preguntarte cómo funcionaba el teléfono nuevo que compramos juntas, y cuando salías hoy en la mañana, sin darme cuenta, entré, y los portones se cerraron y quedé encerrada en el jardín.  Luego, entré a la casa y me tomé un café que me ofreció él – dijo – haciendo una mueca con sus labios, para señalar al joven, sin agregar lo que pasaba por su mente.

El hijo de Natalia, le preguntó:

- ¿Y por qué no nos llamaste con tu móvil viejo?  ¿No nos viste saliendo a ambos esta mañana de la casa? ¿No te diste cuenta de que tu teléfono nuevo no estaba en tu cartera? – Y añadió molesto:

-¡Cómo estabas con el fastidio del bendito móvil nuevo que sólo Blanca sabía manipular, ya que yo no lo podía hacer funcionar, y no entendía lo que ella me explicaba por teléfono, vine a preguntarle, personalmente, antes de irme a trabajar, qué tenía que hacer para que funcionara

 - No entiendo tanto alboroto. – Dijo Blanca – toda alarmada. ¿Cómo se te ocurrió entrar así a la casa, sin avisar?  Menos mal que mi sobrino, no te hizo más daño que apretarte el cuello.  Él llegó ayer para quedarse aquí unos días conmigo porque  su casa la está remodelando, acaba de tener una niña y necesitan más espacio. Él estaba todo asustado, pensando que eras una loca que se había metido a la casa.

-  Disculpe señora - agregó el joven -.  Lo único que se me ocurrió fue ponerle un somnífero bien fuerte al café que le serví.   Mi tía me había dado anoche una  pastilla porque  no podía dormir, pero  no me la tomé, sino que la me metí en el bolsillo de mi pijama.  Tuve que ponérsela a su café para que se quedara tranquila, mientras llamaba a la policía, porque llegué a pensar que usted estaba loca, porque hasta los pies me los pintó - dijo- mostrándolos. -    Y añadió:

- Menos mal que en ese momento se levantó el esposo de mi tía, y él fue quien me dijo que no llamara a la policía, que usted era la señora Natalia, la amiga de mi tía Blanca.  Cuando mi tía llegó, llamó a su hijo, y ahí quedó todo; que sino, ¡hasta presa  estuviera!

Natalia no miraba a nadie, se terminó de despabilar, se levantó y recobrando su compostura,  dirigió sus ojos hacía donde se encontraba Blanca y  dijo en voz baja, avergonzada:

- Lo único que quería era que me dijeras cómo funcionaba el teléfono nuevo que compramos juntas.

PROF. NILA MENDOZA DE HOPKINS

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